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viernes, marzo 06, 2015

Año 10. El primer día

Como si hubiera sido ayer. Recuerdo haber ido al Cinemex de Carrefour en Guadalajara (que ya no existe, ahora es el Cinemex de Chedraui Río Nilo, decadente y miserable). Recuerdo que era un domingo por la mañana y me mataba un dolor de muelas. Recuerdo que me había salido mal la temible “Muela del juicio”, la del lado izquierdo. Recuerdo que cada paso que daba era una punzada enorme. Como si Thor con su Mjolnir me estuviera triturando la mejilla. Recuerdo que tenía días con una molestia enorme, y la opción de ir al dentista me daba y me da pavor (es el único doctor que vas a ver por un dolor, y del que sales todavía más lastimado, y además ¡pagas!).
Tras ver la película X-Men: The Last Stand,y tomarme un expresso, decidí hacer lo que habría hecho Wolverine y otros mutantes con poca capacidad de reflexión pero muchas ganas de derramar moronga: Me sacaría la muela con mis propias manos.
Al terminar la proyección fui al baño del cine, armado con el popote mezclador del café expreso y un tenedor de plástico que me robé de la dulcería.
Entré y no había nadie. A esa hora el cine estaba vacío, y los baños relativamente limpios (era un Cinemex, tampoco hay que pedir milagros). Atranqué la puerta con un bote de basura y procedí a examinarme la boca en el espejo. No, no se veía nada bien la zona en conflicto. La muela había salido, pero el esmalte que está adentro no, lo que dejaba expuesta una raíz con aspecto de Alien. Era como una corona de hueso al final de la fila de dientes, y no estaba dispuesto a seguir sufriendo.
Apunté el popote como si fuera un mortero contra la muela con la mano izquierda y comencé a golpear con la derecha. Primero, suave, a ver qué tan dura estaba la pieza dental.
Uno, dos, tres golpecitos con la mano abierta. Nada. Obvio, es hueso, y aunque estuviera hueco, con esas caricias de bebé no se iba a romper.
Va”, pensé, ahora la mano cerrada. Un golpe. Uff, siento un crack. Segundo golpe. SUENA un crack. Tres. Se rompe la muela....a la mitad. Y viene la sangre, mucha sangre.
Con la mente nublada, me saco los pedazos de diente con el tenedor. Son pequeñitos. La muela ya no me duele...tanto. Guardo uno como recuerdo de que alguna vez me saqué un diente en un baño. Años después, en una de esas tragedias dignas de Matt Murdock, perderé el trofeo del dolor en un incendio, con varias cosas más. Esa ya es otra historia.
¿Dónde estabas hace 10 años? ¿Lo recuerdas? ¿Qué es lo que ha cambiado en ti? ¿Qué permanece? Una década es mucho tiempo o toda una vida o un suspiro. Depende de cual sea tu perspectiva de las cosas.
Gracias al blog, yo sé que el primer post que escribí no fue de cómics, sino de una película: X-Men, The Last Stand. Lo que no relaté entonces es como estuvo ese día en particular. Fue el día me saqué la muela. Wolverine se habría sentido orgulloso.

lunes, febrero 09, 2015

Black Van

Son las 04:00 de la mañana. ¿O serán las 03:00? ¿O las 06:00? No lo sé. La celda es fría. De ese frío atroz que te cala hasta los huesos. Que no te deja pensar. Que no te deja dormir. Que no te deja respirar. Con un penetrante olor a orines pegados en cada uno de los azulejos que visten sus tétricos muros. ¿Comodidad?, ni hablar. Apenas hay espacio para una persona. Comienzo a perderme en los rayones de sangre que encuentro con la vista por aquí y por allá. Hay un único foco, siempre encendido. Mugre a cada centímetro. Soledad. Mucha soledad.
Tengo tiempo tratando de dormitar en el interior de este infierno congelado. Perdí la noción qué hora es desde que se cerró la reja tras de mi. Me conformo con mirar fijamente los azulejos perderme en mis pensamientos. Sé que debo llevar bastante rato "tratando” de dormir recostado en la dura superficie de la banca, siempre sin lograrlo. 
No logro conciliar paz alguna que me permita descansar. Los hechos que me trajeron aquí se rebobinan de forma eterna en mi mente.
Son las 04:00 de la mañana. ¿O serán las 03:00? ¿O las 06:00? No lo sé. Entonces escucho unos pasos pesados  y marcados. La puerta se abre violentamente y da paso a un hombre de unos 130 kilos de peso y 1.90 de altura. Su piel se desparrama y bambolea a cada pisada que da en la diminuta celda con dirección a la letrina. Avanza de forma apurada y mea a placer, ajeno al hecho de que el acceso a la celda se cierra a sus espaldas. En un primer instante pensé que era uno de los tantos Ministerios públicos o Agentes que usan  el baño de la celdas como propio, pero no. Está allí. Encerrado. Conmigo.
Siento que me observa. Me incorporo rápido de la banca de piedra donde estoy recostado y le devuelvo la mirada. No porque quiera hacerlo, sino porque no hay a donde voltear. Sin prestarme importancia alguna, dirige su atención los barrotes que se tejen en la puerta, esperando el regreso del policía que lo trajo. Exige hacer una llamada a “sus jefes”.
 Patrón, a ver, a ver, por favor, una llamada. Compa. ¡Es mi derecho! ¡Conozco a qué tengo ese derecho! No es la primera vez que me traen—.
Pasa un minuto. Dos. Cinco. Nada. La petición no es atendida y entonces se sienta a mi lado. Vuelve a farfullar lo mismo, más para sí, y yo le digo que seguramente en minutos van a permitirle hacer su llamada. A mi me sigue angustiando el no saber qué hora es. Le pregunto si ya es de día y el, con un pesado aliento alcohólico en cada palabra, me responde que no. Todavía es de noche.
Vengo de una fiesta, cabrón, ¡pero qué fiesta! No mames. Viejas, tachas, mota. Todo. ¿Me ves pedo? Pues no. El cabrón con el que iba, ¡el sí que estaba hasta la madre! Por eso yo me ofrecí a manejar su carro. Lo bueno de que me trajeron porque ya me meaba—.
Por un momento pensé que por nobleza, esta mole humana arrumbada a mi lado había tomado el lugar de su “amigo” en el accidente. Sin interés alguno en mis reacciones, prosiguió su relato:
Veníamos a madres por Avenida Tonaltecas. No, no,no, el carro. Era un….¿cambry? Y este wey a huevo quería manejar. Carrazo de lujo. Yo le decía que no, que estaba muy pedo y mejor manejaba yo. Pero todo el rato iba neceando con que ‘mi carro, mi carro, yo manejo’. Entonces metió las manos en el volante y me hizo perder el control. ¡Nos dimos en la madre de frente contra un taxi de aeropuerto! fue seco el putazo—.
Probablemente se refería a un Camry de Toyota, pero en ese momento no quise interrumpirlo y menos corregirlo. Los taxis del aeropuerto suelen ser Tiidas, así que debe haber sido como si hubieran colisionado un rinoceronte contra un pollo a toda velocidad de frente. No dejaba de llamarme la atención que mientras me lo contaba, desplegaba una sonrisa de diversión casi macabra, como un niño que le acaba de romper la ventana al vecino de un pelotazo.
Me trajeron porque me esposaron. A mi compa no alcanzaron a hacerle eso, y yo le dije que se bajara de la patrulla en chinga y le hablara a un socio para que se lo llevara. Ahorita ya debe estar juntando para mi fianza el cabrón, en eso quedamos.  Oye, pues el hijo de la chingada está metido en el narco, ¿O cómo se iba a comprar un canri a los 22 años?—.
Esa parte de su historia me inquieto. Instintivamente me comencé a recorrer lo posible de su lado. Le pregunté qué había sido del otro chofer, el del taxi, y él solamente respondió que no se movía, pero no se fijó más, aunque vio mucha sangre. En ese momento una voz desde el pasillo exterior lo interrumpe.
Juan Carlos Villalobos….¿Es usted?—.
Así es, ¿Mi llamada?—.
Estamos…viendo eso. Ahorita, necesitamos cotejar unos datos. Espera un segundo. ¿Cómo se llaman sus padres?—.
— ¿Y eso para qué lo quieres saber? Tengo derecho a mi llamada. Quiero hablar con mi licenciado. Eh, no te vayas, cht, cht…a ver, compa, a ver, espérate, no te vayas. Ven, ven….¿Habrá alguna forma de arreglarnos por fuera? Mira, yo con una llamada a mis jefes, todo se soluciona, nos arreglamos bien ¿Me entiendes?—.
Un segundo, ya vuelvo—.
Y se fue. Juan Carlos, como ahora sabía que se llamaba, se sentó más pesadamente que antes y lanzó un resoplido son sabor a resignación.
Ya valió madres. Ahorita que vean mis antecedentes... valió madres. Me están buscando por asalto a mano armada. Y aparte ya tengo un proceso por homicidio encima. Puta madre—.
Todos podremos habernos cruzado con alguien que mata. Pero la idea de estar con un homicida y asaltante en una celda quien sabe a qué hora de la noche, me heló. Pero en ese océano de incertidumbre al que me enfrentaba, me sentí también curioso por la forma de pensar del criminal que tenía a un lado. 
Comencé a preguntarle sobre sus aficiones. Villalobos me relató que es un fanático de las motos choppers. Que ha ido a Talpa a pie y que llega ampollado, pero se la pasa “a toda madre” en puro pistear. Que le encantan las fiestas. Que su mamá es diabética y prefiere que no sepa nada de su estilo de vida, porque si se entera se puede morir. Que su papá falleció hace años y eso le caló “madres”. Qué el día que chocó, se iba a ir de camping con otros motociclistas a Hostotipaquillo, pero le faltaba varo para la gasolina y terminó en una fiesta con sus amigos, y bueno….sabemos cómo acabó todo.
No hay pedo si me voy a la penal. Es más, mejor. Allí al menos estoy descansando y pistando con compas, a toda madre. Tengo muchos amigos. Acá afuera nel, todo el día en el puto jale—.
En ese momento el policía regresó para llevárselo. Por su expresión, parecía que ya había verificado los antecedentes de Villalobos.
Vámonos muchacho, a la Cruz Roja a que te chequen. Allá haces tú llamada. Déjame te pongo las esposas por seguridad…¡pero mira que grande estás, ni te quedan!—.
Ya ve, Patrón, uno que come bien remató Juan Carlos el chascarrillo. Me lanzó una última mirada antes de irse. Me dijo que nos veíamos afuera para echarnos una chelas. Todavía alcancé a escuchar que me gritaba que cómo me llamaba. Nunca le dije mi nombre, ni nada de mí. Ni madres.
No sé cuánto tiempo pasó hasta que se fue. Yo me quedé allí, sentado, cavilando, más que antes. Comencé a valorar más la soledad que me envolvía. Seguía odiando el olor a meados. Y jamás me iba a acostumbrar al frío. El frío más atroz que cala en los huesos. No sé qué hora es.

domingo, diciembre 21, 2014

Titanic sangriento

El silencio abrumador lo domina todo a medianoche en un lugar perdido a la mitad del Atlántico. Sobre las suaves y gélidas olas del mar, flotan cientos de cuerpos. Son los muertos del Titanic. Entre todos ellos, una solitaria pareja conversa. Ella, montada en una puerta de roble que flota caprichosa sobre el océano. Él, se aferra con ambos brazos al mismo pedazo de madera.
-“Rose, amor, amor. Tienes que sobrevivir. La ayuda no tardará en llegar”.
-Pero, ¿sin ti? No es así como quiero vivir. No es así como quiero seguir adelante. ¡Te amo, Jack! Por el amor de Dios, debe haber alguna forma de salvarnos los dos”.
-“Escucha, amor, no. Tranquila. La puerta se ve débil, no soportará el peso de ambos. Se romperá si subo, y moriremos ambos. No resistiré saber que por un deseo egoísta, un capricho, tengas que morir. ¡Eres lo más grande en mi vida! Te amo, te amo”.
Pero mientras la melcocha salía de los labios de Jack, notó que la puerta resistía a la perfección su peso. Rose, recostada a lo largo de la misma, dejaba un área libre, lo suficientemente grande como para que ambos, quizás sin tanta comodidad, pudieran esperar la llegada de los botes de rescate  y salvarse.
-“Escucha, corazón. Lo intentaré. Subiré a la puerta, solamente debes hacerte un poco para…”.
En el mismo instante en que Jack trató se subir, un crujido sonó a lo largo del madero flotante, revelando de forma inmediata una fractura que amenazaba con partir la puerta. Si el enamorado tenía dudas de su destino, allí quedaron disipadas.
-“¡No, Jack, espera, no subas, por favor, la puerta no podrá con el peso de ambos!”, expuso la dama, en un ataque de sinceridad carente de todo romanticismo. Y su fugaz pareja no pudo evitar sentirse herido en lo más profundo de su orgullo al saber que la mujer por la que sacrificaría su vida estaba más que dispuesta de hecho a dejarlo morir.
-“Quizás podría subir, si tuviera menos peso encima”.
-“¿Menos peso? ¿Me estás llamando gorda?”.
-“Yo no dije eso. Solamente que la puerta ya tiene mucho peso encima, es todo”.
-“No soy estúpida, Jack. Sé leer perfectamente entre líneas. Pudiste habérmelo dicho antes, cuando me usaste como modelo para ese garabato tuyo”.
-“¿Garabato? ¡Mi retrato era perfecto! De hecho, se veía mejor el papel que la realidad”.
-“Eres un pendejo. Un niño de kínder dibuja mejor que tú. Por Dios, un burro con una crayola tiene más derecho a llamarse artista”.
-“¿Qué te pasa, estúpida? Me acabé el lápiz al momento de dibujar tu barriga y muslos. ¡Eran demasiadas líneas! ¿Y sabes qué? Eres tan fría, que seguramente ese Iceberg no chocó con el barco, sino que te venía a buscar para invitarte a salir”.
-“¡A tú puta madre la invita a salir!”.
-“¡No metas a mi madre en esto, cabrona!”.
-“¡Ni siquiera la conoces, pedazo de pendejo!”.
-“¡Puta!”.
-“¡Pitochico!”.
-“Es todo, subiré a esta pinche puerta y te mostraré lo que es un pitochico”.
-“¡Con un carajo, no! Quédate en el agua, idiota, me vas a hundir”.
-“¿Te preocupa no flotar, ballena?”.
-“Chingas a tu madre”.
-“¡No tengo, pendeja, soy un bastardo!”.
Mientras los tortolitos forcejeaban, él para subir y ella para ahogarlo, no notaron que los cuerpos inertes que flotaban a su alrededor comenzaron a hundirse de forma violenta. Tampoco notaron que la marea se calmó por completo, dando paso a un tenebroso remanso de calma, solamente interrumpido de forma cíclica por una serie de burbujeos que emergían aquí y allá esporádicamente.
-“¡Me estoy congelando, chingado, déjame subir, maldita vaca!”.
-“Ni madres, cabrón. Me saludas al capitán del barco cuando llegues al fondo”.
-“Si muero, Rose, no quiero ir al Infierno. No porque sea buena persona, sino porque sé que tú estarás allí, ¡pinche demonio obeso!”.
-“¡Jódete! Los perros no van al Cielo ni al Infierno, imbécil. Espero resucites en un gusano, para pisarte”.
En ese momento el frío era tanto, que los dos cesaron sus insultos pendejos. Ambos cerraron por un segundo los ojos, deseando un milagro. Ya no la llegada providencial de un barco, sino al menos, que el repentino odio que había nacido desapareciera. Que un milagro divino los hiciera olvidar las emociones violentas que los embargaban. Y entonces pasó. Ambos lo sintieron.
Jack y Rose ven salir del agua un gigantesco juego de tentáculos. No eran de un pulpo, sino mucho más grandes y robustos. Las ventosas, llenas de dientes filosos como sierras, tomaron uno de los cuerpos cercanos a la pareja y lo destazaron. La sangre de aquel cadáver bañó la piel turquesa del monstruo.
Era un Kraken.
Un pinche Kraken, que disfrutaba como si de bufete se tratara, de los cuerpos inertes y náufragos del Titanic.
La pareja, que hasta hace unos momentos se peleaba por un trozo de madera, queda muda ante el dantesco espectáculo. No pudieron ni pensar ni agregar ni llorar nada a su desgracia. La bestia marina los devora de forma instantánea, dejando sobre la puerta flotante el frío silbato, con cuya cuerda plateada Rose planeaba estrangular a Jack.

sábado, diciembre 20, 2014

WhatsApp Sangriento

Los ojos de Juan lo decían todo. Vidriosos, como si estuvieran a punto de perder la batalla contra las lágrimas. Tuvo que pedir permiso para salir del salón de clases aquella tarde y sentarse en las escaleras que dan acceso a la universidad. Estaba allí, en la soledad más infinita, mientras su celular vibraba de forma incesante.
La razón por la que la mirada de éste estudiante de mercadotecnia estaba así era la enésima pelea con su novia a través de WhatsApp. Habían comenzado a discutir sobre pendejada y media 3 horas antes, y para ese momento, las sentencias que uno y otro se lanzaban, carentes ya de emoticones de corazoncitos y caritas de chango, eran crudos putazos verbales de odio y enajenación mental.
-“Creo que necesitamos darnos un tiempo. Que necesito un tiempo. Sola. No podemos seguir así”, leyó Juan a través del frío cristal. No podía creerlo. O sí. Tras la andanada de insultos y acusaciones mutuas de infidelidad, displicencia, hartazgo e inseguridad, sabía que tarde que temprano alguno de los dos iba a tirar la toalla. Él pensó que ella jamás se atrevería, por lo que leer lo que acababa de leer le resultó como una patada de vaca loca justo en medio de los huevos.
-“Cambiaste. Y no quiero estar así contigo. No quiero verte, no quiero que me busques más. Simplemente, déjame, déjame y haz con tu vida lo que quieras”, escribió la que ya era más ex novia que novia de “Juanito”, quien se derrumbó de espaldas, como si fuera una pesada bolsa de piedras a punto de reventar. Era demasiado para él.
-“No quiero que acabemos así, por favor, piensa las cosas, podemos…”, comenzó a escribir el desesperado hombre. Pero a medio texto dudó y se detuvo. Dudó, porque sabía que en el fondo la mujer que estaba a punto de dejarlo tenía razón. El explosivo carácter de ambos había chocado una y otra vez. Su relación era, sin duda, una especie de película de Rocky diaria, porque todos los días acababa en una espectacular y sonora pelea “por cualquier cosa”. Con lugar, siempre, para una secuela al día siguiente.
-“Creo que debemos vernos. ¿Vamos a terminar así, por WhatsApp, lejos? Quiero que arreglemos nuestros problemas, cara a cara”, escribió Juan, lanzando el último anzuelo afectivo que le quedaba en la bolsa.
Y pasaron 10 minutos sin respuesta. Minutos en los que el mundo entero del estudiante se centró únicamente en la brillante pantalla de su celular. Lo que pasaba a su alrededor, así hubiera sido una explosión volcánica, se convertía en nada. Los 6 meses de relación con su novia, la que juró que sería la mujer de su vida, estaban a punto de irse por el drenaje. Todo dependía de la respuesta. Y llegó....
-“No. Se acabó”.
Tres palabras bastaron. La respuesta lo dejó helado. Sus dedos, rígidos, no atinaron a contestar nada. Es increíble la manera en que todo el cuerpo deja de funcionar en armonía cuando lee algo que no le gusta.
Y en ese momento, Juan cerró los ojos. Lo hizo pidiendo un milagro al Cielo. Esperando que la Virgen y el ejército de santos, ángeles y niños dioses bajaran y lo inspiraran para sacarse de la manga una “frase matona” que resucitara su agonizante relación. Y entonces lo sintió.
Sobre la brillante pantalla de LED de su celular, cayeron un par de gotas. Pequeños rocíos que no venían de los ojos de Juan, a punto de reventar por el llanto contenido. Tampoco era lluvia, pues ese día era caluroso y las nubes se habían ido lejos. Las gotas pronto se convirtieron en delgados hilos… de baba, y Juan pudo ver que a sus espaldas estaba parado, respirando de forma acelerada, un demonio.
Sí, un pinche demonio del infierno.
La bestia, un soldado del Hades, cuya carne negra había sido quemada y lacerada desde su creación en los rincones malditos del infierno, miró fijamente el celular de Juan, y luego a su poseedor. El estudiante, por su parte, sintió como la vida misma se le salía por la boca. Todo a su alrededor estaba en llamas, y su escuela ardía, con cientos de cuerpos que se fundían en las flamas.
Si Juan no hubiera estado tan apendejado en su celular, se habría dado cuenta que en el patio de su universidad se había abierto hace cinco minutos un portal del infierno, por el que satanás estaba invadiendo la Tierra.
Si Juan no hubiera estado conteniendo el llanto, habría sentido que desde hace dos minutos un soldado infernal lo estaba mirando, con sus enormes ojos rojos sin pupilas y una mandíbula cuyos dientes, afilados como navajas, formaban una macabra sonrisa.
El joven jamás soltó su celular. Quizás para ese momento, a las puertas de la muerte, podría haber pensado en algo mejor que escribir, o despedirse de alguien que si lo hubiera amado hasta sus últimos momentos. Con los nervios, no se dio cuenta que sus dedos presionaron el icono de la “caca sonriente” en WhatsApp y se lo mandó a su ahora ex novia.
No hubo tiempo para más. El soldado atravesó el pecho de Juan, extrayendo su corazón, todavía latiendo, y devorándolo en segundos. El estudiante cayó pesadamente sobre las escaleras y rodó, mientras más y más seres demoníacos se le acercaban. Sus ojos reflejaban el terror de sus últimos suspiros. Sus ojos lo decían todo.

viernes, diciembre 19, 2014

Viaje Sangriento

Comenzó a hablar con un resoplido pesado. Sandra, a sus “treinta y tantos”, soñó cuando era niña con seguir la carrera militar. Hija de un teniente del ejército, idolatraba a su padre y todo lo que oliera al ambiente castrense. Cuando otras niñas jugaban a ser Candy Candy o Lucerito, ella veía de forma obsesiva Rambo, G.I.Joe y Apocalypsis Now. Pero en eso quedó todo. En sueños. Maldijo el día en que en un partido de béisbol en la secundaria recibió un batazo que le destrozó el hombro. Allí terminó su anhelo, y la vida, como si fuera una cruel catafixia de Chabelo, la terminó llevando al mundo de la docencia, la carrera que su madre había deseado para ella, porque pensaba que ser mujer militar era para "marimachos".
Pero le cagaba ser maestra. Le cagaba tanto, que apenas podía disimularlo ese día, en ese pinche autobús escolar, mientras daba el aviso que cada año tenía que recitar, y se sabía de memoria. Grupo diferente, pero siempre el mismo mensaje, que comenzaba tras el pesado resoplido.
-“Niños, recuerden no sacar las manos por la ventana. Cuando lleguemos, deben hacer una fila, tomar distancia y esperar a que pasemos lista. No se pueden separar, está prohibido tocar las pinturas y esculturas, y…Jaime, deja, por favor, deja en paz a Rosita”.
Cuando Jaime, mocoso obeso, con el cabello relamido hacia atrás y amante de las papas Sabritas dejó de tirarle al fin la trenza a Rosita, Sandra se giró y cayó pesadamente en su asiento.
-“Adelber, por favor, arranca ya”, pidió la docente, agregando mentalmente la frase “con una chingada”. Había aprendido, por la mala, a no decir palabras altisonantes frente a los niños; especialmente los de este grupo. Era de sexto grado y  absorbían las majaderías con enorme facilidad, mientras que las matemáticas no les entraban “ni a putazos”, como pensaba la desdichada profesora.
Apenas recibió la orden, Adelber arrancó el camión. Lo hizo resignado a lo de siempre. Pese a ser de sexto, los niños solían dedicarle albures e insultos al conductor, escudados en su minoría de edad, pero sobre todo, en que era una escuela de paga, y nada barata.
-“Al chofer no se le para, al chofer no se le para, al chofer no se le para…¡no se le para el camión!”, sonó al unísono en cada uno de los 42 lugares del camión ocupados por los alumnos. Adelber sonrío. Sonrió con esa expresión que significa una cosa y nada más: “Cabrones….Puta madre, va a ser un día largo”.
La media hora que separa al plantel del museo fue eterna para Sandra. A los 10 minutos, ya había tenido que callar y cambiar de asiento a Jaimito, un hijo de la chingada sin alma en pleno crecimiento, un pequeño crío satánico que en la próxima década se convertiría o en un secuestrador, o en un líder sindical. Lo que fuera, sería un elemento destructivo para la humanidad.
-“Al chofer se le calienta, al chofer se le calienta, al chofer se le calientaaaaa, ¡se le calienta el motor!”, sonó en coro, de nuevo, con la voz de Jaimito a la cabeza.
Y en ese momento, Sandra cerró sus ojos. Lo hizo esperando un milagro. Un cambio de actitud de sus alumnos, o que por obra de magia, su hombro dejara de dolerle tanto, como cada noche, y se pudiera enrolar en el ejército, para abandonar esa vida que tanto odiaba. Y entonces lo sintió. Ella y todos.
El camión se había detenido por la luz roja del semáforo cuando algo lo golpeó con violencia desde atrás. Fue una colisión seca. Adelber y Sandra pensaron que algún automóvil los había impactado. Ella estaba por decirle a los pubertos que se quedaran quietos, cuando el bus se sacudió como si fuera una lata de frijoles.
Y entonces el piso del camión reventó de un brutal puñetazo. Desde el boquete ascendió lo último que vería Sandra, los chiquillos y Adelber en su vida. Era un zombie.
Un pinche zombie.
Un pinche zombie sosteniendo un pinche bat de béisbol.
En los primeros segundos, el silencio de apoderó de todos. Se podían escuchar los 44 corazones acelerados, empujando el pecho de los presentes por salir y explotar. Entonces, el ente, de mirada perdida, mandíbula dislocada, olor putrefacto y con líquidos viscosos emanando de cada poro, vestido con el uniforme de los Naranjeros de Hermosillo, tomó el bat con ambas manos y como si fuera Marc McGwire con doble dosis de esteroides, le dio un santo chingadazo a Jaime. Su cabeza, con el cabello relamido y peinado hacia atrás, salió volando como cacahuate de piñata reventada. Fue un home run mortal.
Para Sandra, esa escena, la última que vería en su vida, era un contraste de emociones. El ser que estaba por asesinarla traía un bat, instrumento que ella había odiado toda su vida adulta, por robale sus sueños militares. Porque fue un bat la que la alejó de las barracas y la llevó a las aulas. Pero fue ese mismo pinche palo tallado el que la libró del hijo de puta de Jaime, un cabroncito que le había puesto tachuelas en el asiento hace un mes. Un cabroncito que le había escupido a su tuper con verduras la semana pasada. Que esa mañana le había puesto una cucaracha muerta en el cabello.
Y entonces Sandra sonrió. Sonrió mientras veía como el zombie se acercaba empuñando el bat como si fuera el Capitán Cavernícola y se preparaba para destrozarle el cráneo. Sandra sonrió hasta el final, antes de dar un último resoplido pesado.